Los sentimientos de culpa surgen de la transgresión de una norma interiorizada, tienen una función adaptativa y se desencadenan en un proceso secuencial: realización de una conducta indebida —u omisión de una debida—, mala conciencia y remordimiento. Más allá del Código Penal, circunscrito a un reducido número de acciones punibles, lo que controla realmente el comportamiento e impide la vulneración de las reglas de convivencia es la conciencia moral, que es un código no escrito y abarca todo el repertorio de conductas de la persona, dotándola de un sentido de responsabilidad.Por ello, el quebrantamiento de un principio ético, como haber hecho daño deliberadamente a alguien, engañarlo o no ocuparse de la familia, produce un malestar emocional profundo. Así, la vivencia de culpa se manifiesta en la esfera afectiva como un sentimiento de culpa y en la cognitiva como un temor al rechazo social y a la pérdida de autoestima.Más informaciónDe esta forma, la función reguladora de la culpa, a modo de sistema de alarma interno, sirve para la evitación preventiva de las situaciones que la generan, para la activación de la conciencia respecto a las acciones transgresoras o para la realización de conductas de reparación cuando ya se han cometido.Hay personas que sufren por la culpa experimentada y además se sienten avergonzadas. La vergüenza surge cuando la culpa no es una mera cuestión de conciencia personal por el comportamiento indebido, sino que adquiere un carácter público y el sujeto se siente sometido al juicio y reproche ajenos. En este sentido, la vergüenza tiene un carácter más global, afecta al conjunto de la persona y le crea por ello un mayor desasosiego. No es lo mismo sentirse culpable por haber tenido alguna conducta inadecuada que avergonzarse por ser considerado una mala persona.Sentirse culpable no significa necesariamente ser culpable. Hay personas perfeccionistas, que rayan incluso en lo obsesivo, o con un estado de ánimo deprimido, que se sienten culpables por algo de lo que no son objetivamente responsables. Se trata de un estilo de pensamiento que atribuye todo lo malo ocurrido a uno mismo, distorsiona la realidad y produce en el sujeto un sentimiento de indignidad que afecta a su autoestima y que puede facilitar el rechazo a uno mismo. Por el contrario, otras personas carecen de empatía y de conciencia moral y no experimentan sentimientos de culpa aun habiendo actuado objetivamente mal y habiendo hecho daño a otros seres humanos, como ocurre en el caso de los psicópatas, lo que les permite vivir sin la carga moral de sus acciones destructivas. Ello quiere decir que el sentimiento o la ausencia de sentimiento no siempre se corresponden con la realidad de la culpa.En el caso de que la culpa sea irracional, hay que ayudar a la persona a objetivar la situación, a considerarla como una distorsión cognitiva relacionada con su malestar emocional y a enseñarle alternativas de pensamiento racionales para hacer frente a estos pensamientos automáticos. La culpa irracional en una persona puede a veces ser inducida por estereotipos sociales, como ha ocurrido a veces con las víctimas de agresiones sexuales. También ciertos estilos educativos pueden dan pie a la generación de sentimientos de culpa. Así como los castigos físicos sistemáticos producen en los menores, conductas de ira, los castigos psicológicos, como “no ves cómo sufrimos” o “así correspondes a todo lo que hemos hecho por ti”, pueden facilitar en ellos la aparición de una tendencia a culparse de lo negativo que les ocurre en la vida. La dificultad del tratamiento en estos casos deriva de que muy a menudo estos sentimientos de culpa son múltiples y dispersos.Hay circunstancias, sin embargo, en que la culpa sentida es total o parcialmente objetiva. Lo saludable en estas circunstancias es identificar lo negativo correctamente, tomar conciencia apropiada de la culpa y expresarla verbalmente. En realidad, hay diversas posibilidades ante algo malo de lo que una persona se siente culpable: el sujeto puede ser total o parcialmente responsable; el suceso ocurrido fue imprevisible o tuvo lugar al margen de su capacidad de control; o la persona hizo lo posible, pero no pudo evitarlo.A veces la culpa se puede expresar de forma insana. Ocurre así cuando la persona no toma conciencia de la situación y trata de soslayar el remordimiento sin afrontar lo ocurrido de forma directa, negándolo, atribuyéndolo a factores ajenos a ella o reprimiéndolo emocionalmente, o cuando no asume sus propias limitaciones y se castiga a sí misma de una forma estéril y destructiva. En otros casos, la implicación en conductas muy excitantes, en forma de huida hacia delante, o las adicciones son ejemplos de estrategias inadecuadas para enmascarar la culpa y eludir el malestar emocional. La culpa anómala ha sido objeto de atención frecuente en la literatura (Crimen y castigo, de Dostoyevski) y el cine (Rebeca, de Hitchcock).Al margen de la imposibilidad de regresar al pasado y rectificarlo, siempre hay algo que se puede hacer para remediar el malestar o enmendar los errores cometidos. No se trata de autoflagelarse, que encadena a una persona a un sufrimiento sin fin y que la retrotrae al pasado, sino de reemplazar la culpa por la responsabilidad, que se proyecta hacia el futuro.Si el sentimiento de culpa responde a una realidad objetiva, una vez analizada esta, un paso ulterior es reconocer el daño causado, mostrar arrepentimiento y pedir perdón, reparar daños allí hasta donde sea posible y asumir las responsabilidades debidas, centrándose en el aquí y ahora, sin hacerse preguntas sin respuesta respecto a lo que pudo haberse hecho y no se hizo.A veces no es posible reparar a la persona afectada porque ha fallecido o porque el daño hecho es irreversible, pero siempre cabe la posibilidad de implicarse en conductas indirectas de reparación: colaborar con sus familiares o con otras víctimas en diversas actividades, formar parte de una ONG con fines humanitarios o alertar a otras personas de los errores cometidos para evitar su repetición. Incluso es posible promover conductas generales de empatía y de altruismo que pueden contribuir a recuperar la autoestima perdida del sujeto y a dotarle de una mayor responsabilidad ante decisiones futuras. Aprender a perdonarse no es fácil, pero así puede darse una segunda oportunidad y llegar a vivir con la culpa de una forma menos autodestructiva.

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