Puede decirse que la vida de Abel Azcona tiene dos fechas trascendentales. La primera fue el 1 de abril de 1988, cuando nació y su madre, que entonces tenía 18, era heroinómana y se prostituía, lo abandonó después de haber intentado abortar tres veces —Azcona suele decir que ahí murió la persona y nació el artista—. La segunda fue el 1 de abril de 2025, 37 años después de aquello, cuando se reencontró cara a cara por primera vez con su madre. Ocurrió en una performance en el Círculo de Bellas Artes de Madrid delante de 400 personas. Su título: Madre e hijo.Más informaciónDespués de decir unas palabras, explicando la historia de ambos al público, Azcona se despojó de su cazadora, se arremangó la camisa y esperó, subido a una peana, a que Isabel Gómez Aranda subiera a ocupar la que estaba vacía a su lado. Pero la mujer que cruzó el pasillo de la sala de las columnas del Círculo, escondida tras unas gafas, con la mirada baja, temblorosa y ayudada por la comisaria de la performance, Semíramis González, no parecía la misma que durante años pobló el relato del creador español con su ausencia, sino una mujer vulnerable, tanto como él (o más), dispuesta a entrar en el mundo de su hijo artista y cambiar una cena o un café en la intimidad por un escenario repleto de desconocidos. Y Azcona lo sabía: “La que viene no es la madre que me abandonó, sino la madre que me vino a buscar”. ¿Por qué conocerla en una performance? “No sé si lo hubiera logrado solo. Ustedes están aquí en parte para responsabilizarse como sociedad por haberme dejado nacer y en parte para que yo sintiera su compañía”, contó el artista al terminar.El artista Abel Azcona en el reencuentro con su madre 37 años después de que lo abandonara.Cintia SarríaFue la madre quien se puso en contactó con él en octubre de 2023. Se hicieron, a distancia, un test de ADN. Positivo. Desde entonces y hasta hoy, Azcona elaboró lo que define como una obra “procesual” en la que ambos dieron pasos para el reencuentro. “Ella quería verme inmediatamente, pero yo necesitaba tiempo”, justificó el artista. Intercambiaron mensajes —”todos los días me manda uno de esos mensajes con piolín diciendo buenos días”, contó él provocando risas—, y en verano del año pasado la invitó a escribir su testimonio en papel. Luego la puso bajo un foco en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga para filmarla mientras hablaba de sus orígenes, su ciudad natal y el principio de su historia. Entonces cambió la imagen que Azcona tenía de ella. “Descubrí que nuestras historias se asemejan y se repiten. Y ella está muy contenta de venir y de hacer esto”.El primer roce físico que Isabel Gómez Aranda tuvo con su hijo se produjo cuando se apoyó en sus manos para subir al estrado. Luego se dieron la mano. Y así estuvieron una hora, primero de pie, luego sentados, intercambiando alguna mirada, algún susurro, alguna escueta risa. Sesenta minutos en los que, sin buscar que pasara nada, no pasó nada. Cientos de personas sosteniendo la vulnerabilidad cruda y silente de dos extraños. La nada de un arte conceptual, apegado a la vida y sin retoques, capaz de remover sentimientos entre los asistentes que rompían el silencio sonándose los mocos.Un ejercicio similar al que Azcona hizo en 2021 con Manuel Lebrijo, que era novio de su madre cuando lo abandonó y se quedó con él. Fallecido en diciembre del año pasado, Lebrijo era también alcohólico, adicto a las drogas, abusó de él sexualmente, lo secuestró y hasta lo prostituyó. “La persona que más daño me ha hecho”, asegura Azcona. Azcona y Lebrijo se tomaron las manos también durante 60 minutos para luego soltarse y dejarse ir.Abel Azcona y su madre, durante la ‘performance’ ‘Madre e hijo’.Cintia SarríaPero la actitud de entonces y la de anoche fue distinta. El gesto serio del artista en 2021 cambió por uno que reflejaba ternura, y así lo advertía —nada habitual en el arte de la performance, donde suele dejarse que ocurra cualquier cosa— al inicio de la noche: “Les voy a pedir cuidado con ella. A Manolo hubo quien le gritó ‘hijo de puta”. La mujer, siempre cabizbaja ante las 400 miradas que se esforzó por evitar, y que secaba alguna lágrima con la temblorosa mano que tenía libre, no dijo palabra alguna. Pero bastó un texto suyo, recogido en la hoja de sala, para entender su historia: “Yo nací el 20 de febrero de 1970, en el hospital viejo en el barrio del Pilar […] Yo a los 13 años tuve una pareja que se aprovechó de mi situación y me maltrataba y fue el que por primera vez me obligó a prostituirme. Me llevaba a sitios para ser prostituida […] Me quedé embarazada de cualquiera de las decenas de hombres que usaron mi cuerpo, aunque yo no me enteré de que estaba embarazada hasta los cuatro o cinco meses. Era una cría tirada por la calle, de cualquier manera, y solo pensar que iba a estar en la calle con un bebé me aterrorizaba. […] Te abandoné porque estaba muy mal, tenía mucho miedo, no sabía que podía hacer, no tenía a nadie que me apoyara”.El acto terminó con un largo abrazo entre ambos, fuertemente aplaudido por un público en pie. Después del escrutinio (o conmoción, o empatía, o compasión, o lo que sea que la performance provocara) tuvieron su cena privada y hasta se fueron de fiesta, como atestiguan las redes sociales de Azcona. Y él ya piensa en la siguiente parada artística de ambos: “Este será el primer paso de muchos que daremos juntos”. Y además de recibir esos piolines mañaneros, tan de madre, espera revisar su historia artística completa y cambiar la ausencia por la presencia. Y ella, según cuenta él, “está muy posicionada, se ha perdonado a sí misma, está fuerte y valiente” y dispuesta a “mandar a tomar por culo” a quien la critique por entrar en ese mundo tan diferente al suyo o que hable de eso como una posible revictimización.

Una hora cogidos de la mano y mirándose en silencio: la ‘performance’ en la que Abel Azcona ha conocido a su madre | Cultura
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