Ni aislacionismo ni inhibición. Esta segunda presidencia de Trump desmiente los tópicos sobre el retraimiento de Estados Unidos para concentrarse en la competencia con China, y con mayor razón si se confirma el bombardeo masivo sobre Caracas esta madrugada. En un año ha bombardeado a siete países, incluida Venezuela, con propósitos tan variados como la exhibición de fuerza, el auxilio a regímenes amigos, la venganza o la avidez por los recursos ajenos, siempre bajo la noble cobertura de la lucha antiterrorista, la persecución del narcotráfico o la defensa de la civilización, aunque nunca hasta ahora el cambio de régimen y la instalación de una democracia. Irán estaba hasta ahora en la cumbre de sus hazañas. En junio destruyó sus instalaciones nucleares en una magna operación aérea con siete bombarderos B2 indetectables y 125 aviones de auxilio. Hasta esta semana, Trump no se había preocupado por el sufrimiento de los ciudadanos bajo las dictaduras, pero las protestas masivas de los iraníes por el incremento del coste de la vida han suscitado su atención hasta el punto de mostrarse “preparado y listo” para “acudir al rescate” si el régimen sigue reprimiendo a los manifestantes. Ya era insólita la operación naval en curso en el Caribe, frente a Venezuela, donde ha desplegado la mayor fuerza que hayan visto aquellos mares desde el pasado siglo, pero lo es más todavía ahora tras el ataque aéreo iniciado esta madrugada sobre Caracas. Habían sido atacadas y destruidas más de 30 lanchas y un centenar de tripulantes ha fallecido, aprehendidos dos petroleros y bombardeadas unas instalaciones portuarias, en el primer ataque terrestre desde la invasión de Panamá en 1989, solo el aperitivo del incierto recorrido de la operación de intimidación como la que está ahora en marcha.El presidente venezolano, Nicolás Maduro, y el mandatario de EE UU, Donald Trump. Miguel Gutiérrez/ SHAWN THEW (EFE)Más que una escalada, que requiere una respuesta de la parte atacada, es una tenaza la que va cerrándose sobre Maduro, sin que esté claro ni el objetivo, ni la estrategia para alcanzarlo. La lucha contra los narcotraficantes es una mera excusa para presionar al régimen. Su bombardeo sobre Caracas puede que sea también un mensaje para el ayatolá Jamenei.Pero tanto en Irán como en Venezuela es inimaginable una intervención como la que derrocó a Sadam Husein hace más de 20 años, iniciada por un bombardeo, pero seguida por la invasión terrestre y el derrocamiento del régimen.Distinta es la intervención en Nigeria, donde Trump enarbola la bandera moral de una amenaza de genocidio sobre los cristianos. La violencia islamista, endémica en el norte del país, no distingue la religión de sus víctimas, pero le ha servido para presionar al Gobierno de Abuya hasta conseguir que apoye el bombardeo sobre un campamento terrorista el día de Navidad. Washington sustituye así la causa democrática que orientó en el pasado su acción misionera internacional por la protección de la civilización occidental. Trump ha intervenido militarmente también en Irak, Siria, Somalia y Yemen, siempre desde el aire. Cumple con su electorado, escarmentado por los fracasos de Irak y Afganistán, hostil a alianzas permanentes como la OTAN y receloso ante la implicación involuntaria en guerras largas y costosas, pero feliz con la exhibición de fuerza. Con el mayor y más poderoso ejército del mundo a su disposición, ha demostrado que puede utilizarlo cuándo y dónde le plazca, aunque solo bajo la cobertura de un interés nacional, con frecuencia identificable con sus intereses personales y familiares. Y no para rendir servicios a la humanidad, en defensa de valores como la democracia o los derechos humanos, o bienes comunes que no afectan directamente a su país, como la seguridad internacional.Trump reivindica o inventa acuerdos de paz a puñados, pero no ha conseguido ni uno solo creíble y entero. Si nadie puede discutir su eficacia intimidatoria, es espectacular la ineptitud de su diplomacia. Es precaria, defectuosa y parcial la pausa conseguida en la guerra y destrucción de Gaza, agravada por la intensificación de la ocupación de Cisjordania y por la expulsión de las organizaciones humanitarias, incluso las más prestigiosas, como Médicos sin Fronteras. Ese alto el fuego es carísimo en vidas y sufrimiento. Y más que lejana la perspectiva de una paz a la que acompañe algo de justicia, mientras permanece sobre los palestinos la sombra amenazante de una lenta y calculada desposesión y expulsión de su país. Peor es el desastre diplomático de su acción en Ucrania, tal como ha explicado una exhaustiva investigación del Times de Nueva York en la que se demuestra la falta de profesionalidad de sus negociadores, el rumbo errático de las decisiones presidenciales, las peleas y discrepancias en el entorno presidencial y el cruce de órdenes y contraórdenes sobre el suministro de armas a Ucrania. Con un Departamento de Estado disminuido, los diplomáticos profesionales marginados y los negocios familiares en el centro de las relaciones internacionales, se entiende la incierta deriva de la paz trumpista que debía admirar al mundo.En Gaza, como en Ucrania o Venezuela, todo está en sus manos, sus cambios de humor y su celoso control de las decisiones y los éxitos. No puede terminar bien un proceso de paz que rueda mal desde que arrancó, cuando regaló todas las bazas negociadoras a Putin, confiado en sus dotes prodigiosas. Todavía más incierto es el recorrido y el resultado de una agresión aérea sobre una capital latinoamericana de la envergadura de Caracas. Difícilmente saldrán la paz o la democracia de la fórmula brutal que reúne el gatillo fácil y una diplomacia penosa.

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