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Catalina Martínez Coral fue nombrada por la revista Time como una de las 100 personas emergentes más influyentes para las próximas décadas. Hace parte de esa generación que no solo habla de transformaciones desde los grandes escenarios, sino que las impulsa con estrategia, convicción y trabajo constante. Lidera esfuerzos jurídicos, litigios estratégicos y alianzas regionales para promover los derechos reproductivos en América Latina desde una ONG con reputación global.Escuche esta entrevista en formato pódcast:
Catalina, ¿cuál fue la primera injusticia que sentiste en tu vida que no era “normal”, que te hizo preguntarte “por qué esto es así”?Mira, José Manuel, yo tuve la posibilidad de crecer en una familia muy generosa en cuanto a libertades, educación sexual y apertura para hablar de muchos temas. Crecí en Cali en los años 90, en un ambiente que, viéndolo en retrospectiva, era un verdadero privilegio. En mi casa se podía hablar de sexualidad sin tabúes; mi mamá conversaba conmigo sobre consentimiento, sobre autonomía, sobre el cuerpo, sobre decisiones… temas que muchas veces en otras familias ni se mencionaban. Para mí, durante buena parte de mi infancia, esa era “la normalidad”. Con el tiempo empecé a darme cuenta de que lo que yo vivía no era lo común, sino la excepción. Recuerdo que en el colegio hablaba con amigas que no tenían esa libertad ni esa información, y empecé a notar diferencias muy profundas: muchas de ellas tenían expectativas de vida muy distintas, aspiraciones muy limitadas en comparación con las que yo empezaba a construir. Ahí sentí un primer choque.Identificadas esas diferencias, ¿cuándo y cómo descubriste que el derecho podía ser tu herramienta para transformar la realidad?Al graduarme del colegio estaba entre dos caminos muy distintos: por un lado, estudiar literatura y arte, porque siempre me ha apasionado el mundo de la cultura; y por el otro, estudiar derecho, probablemente influenciada por mi papá, que es abogado y a quien vi ejercer con mucha ética y compromiso social. Al final elegí derecho, pero con claridad desde el primer día: no quería trabajar en una gran firma de abogados ni dedicarme al derecho privado. Desde las primeras clases me enamoré del derecho constitucional. Empecé a participar en movimientos estudiantiles, a involucrarme en debates sobre derechos humanos, democracia y participación. Sentí que ahí podía encontrar una herramienta muy potente para transformar injusticias reales.¿Qué es, entonces, el derecho para ti?Para mí, el derecho no es solo un conjunto de normas: es un lenguaje de poder. Y cuando aprendes a hablar ese lenguaje puedes usarlo para abrir puertas que históricamente se nos han cerrado, especialmente a mujeres, niñas y poblaciones históricamente marginadas. Pero también entendí rápido que si ese trabajo jurídico no se acompaña de redes más amplias, de pedagogía, de conversaciones públicas, las transformaciones se quedan en el papel.Y de esa teoría pasaste muy pronto a la práctica en territorio. ¿Cómo fue esa experiencia?Fue, sin exagerar, una de las etapas más formativas de mi vida. Al graduarme tuve la oportunidad de trabajar en el Meta, en el Guaviare y en Montes de María con Naciones Unidas, en contextos profundamente marcados por la violencia y la desigualdad. Allí acompañé procesos relacionados con la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, trabajando directamente con comunidades campesinas, mujeres víctimas del conflicto armado y poblaciones rurales que habían vivido décadas de abandono estatal. Estar en esos territorios me cambió profundamente. Aprendí muchísimo más de lo que enseñé.¿Alguna experiencia que te haya marcado especialmente aquí en Colombia? Recuerdo, por ejemplo, a un grupo de mujeres en Montes de María que estaban organizándose para reclamar reparación colectiva. Ellas me enseñaron el valor de la persistencia, de no rendirse ante un sistema que muchas veces las invisibiliza. Aprendí también a traducir el lenguaje jurídico en palabras sencillas, a hacer pedagogía sin tecnicismos, a escuchar antes de hablar.¿Qué vino después? ¿Cuándo saltas al terreno internacional?Cuando terminé mi trabajo en terreno me vinculé a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que es el órgano regional que revisa casos de derechos humanos de todo el continente. Allí trabajaba como especialista: recibía casos, hacía análisis jurídicos y preparaba borradores de decisiones que luego eran revisadas por los comisionados. Cuando leí esos casos pensé: “Yo quiero hacer esto”. No solo porque jurídicamente representaban un reto enorme, sino porque detrás de cada expediente había historias reales: mujeres, adolescentes y niñas cuyas vidas estaban marcadas por decisiones injustas, por sistemas de salud que no las escuchaban, por normas que las castigaban en lugar de protegerlas.También te uniste al Center for Reproductive Rights, una organización de gran peso internacional. ¿Cómo llegaste allí y qué te ha dejado tu paso por ese espacio?Me postulé al Center for Reproductive Rights y empecé a trabajar allí hace diez años. Entré como abogada de casos y, con el tiempo, asumí responsabilidades mayores hasta convertirme en vicepresidenta regional para América Latina y el Caribe. Este crecimiento no ha sido solo profesional, también ha sido profundamente personal: me ha tocado acompañar a comunidades en momentos muy difíciles, celebrar victorias históricas y también enfrentar resistencias duras. Ha sido un espacio donde he podido combinar lo jurídico, lo estratégico y lo político.Y justamente en esa región, América Latina, las resistencias frente a temas como el aborto o los derechos reproductivos son intensas. ¿Cuál es la barrera más recurrente que encuentras?Sin duda, el aborto sigue siendo un tema profundamente disputado. Hay muchos estigmas, temores y discursos morales que condicionan el debate. En muchos países de la región persiste la idea de que hablar de aborto es “promoverlo” o que reconocerlo como un servicio de salud equivale a desconocer otras visiones sobre la vida. La barrera más compleja, en mi experiencia, es cultural y simbólica: la idea arraigada de que la mujer que aborta “hizo algo malo” o “se lo buscó”. Es una narrativa muy antigua, que mezcla religión, patriarcado y estructuras sociales jerárquicas. Por eso, más allá de litigar, nuestro trabajo ha consistido en sostener conversaciones públicas abiertas: en medios, en redes sociales, en universidades, en espacios comunitarios.Te habrás encontrado con gente que te juzgue o diga que eres muy “fundamentalista”, casi dogmática, ¿o no?Pues, fíjate, hemos trabajado para enfatizar que no se trata de imponer visiones. Si una persona, por sus convicciones personales o religiosas, decide no interrumpir un embarazo, está en todo su derecho. Lo que buscamos es que todas las mujeres y personas gestantes tengan la libertad y la posibilidad real de decidir conforme a sus valores, sin miedo ni criminalización. Esta manera de plantear el debate —más desde la libertad que desde la imposición— ha permitido avances importantes, aunque también genera tensiones. Hay sectores conservadores muy organizados que intentan frenar cualquier avance, incluso revertir decisiones ya logradas. Pero también hay una generación nueva, sobre todo de mujeres jóvenes, que está dispuesta a hablar sin miedo, a marchar, a litigar, a crear arte y cultura política alrededor de estos temas. Esa tensión es el pulso real de la transformación.Hablemos de algo que fue noticia mundial: fuiste incluida por Time en la lista de las 100 personas emergentes más influyentes para las próximas décadas. ¿Qué significa eso para ti?Fue una noticia profundamente conmovedora. Lo recibí con alegría personal, por supuesto, pero también con una conciencia clara de que este reconocimiento es colectivo. Cuando Time me incluye, no está reconociendo solo mi trabajo individual, sino las luchas y movimientos a los que pertenezco. El fallo histórico sobre el aborto en Colombia, en el marco de la estrategia de Causa Justa, es el resultado del trabajo de decenas de organizaciones, activistas y mujeres que durante años sostuvieron esa lucha jurídica y social. Yo fui parte del equipo litigante, pero ese resultado pertenece a todo un movimiento. Además, hubo una coincidencia muy simbólica: el mismo día que se publicó la decisión de las “niñas no madres” en América Latina, que buscaba proteger a niñas víctimas de violencia sexual, Trump estaba asumiendo nuevamente un rol político fuerte en EE. UU., y en la lista de Time aparecía su portavoz. Para mí fue un recordatorio poderoso: estamos irrumpiendo en espacios de poder históricamente reservados para otros, llevando nuestras agendas, nuestras voces, nuestras causas.Volvamos a América Latina y al futuro. ¿Qué debería llevar “en la maleta” una mujer joven que hoy quiere dedicarse a la defensa de los derechos humanos y reproductivos, como tú lo hiciste?Le diría que sueñe en grande, que no limite sus ideas por el contexto inmediato. Que piense fuera de la caja, que imagine futuros que parezcan imposibles y luego trabaje estratégicamente para construirlos. Las transformaciones profundas comienzan con personas que se atreven a imaginar lo que otros consideran irrealizable. También le diría que no camine sola. La defensa de derechos es un trabajo que desgasta, que exige emocionalmente y que a veces enfrenta resistencias enormes. Por eso es vital tener comunidad, tener un “parche” de personas que compartan sueños, luchas y horizontes. Finalmente, le aconsejaría no tener miedo de incomodar. Los avances en derechos no ocurren en silencio ni en comodidad.
